La última vez que saludé a Andrés Manuel López Obrador, en agosto de 2006, extendió la mano con desgano y me arrojó una mirada vacía igual que un féretro. Segundos después entendí que estaba algo incómodo porque en esos días del plantón de Reforma circulaba un libro donde, un colega y yo, no sólo habíamos hablado de la guerra sucia que en su contra llegaron a orquestar Vicente Fox, el PAN, los empresarios y ciertos directivos de los medios de comunicación. También habíamos contado los errores que cometió Andrés Manuel.
Ahora que lo vuelvo a ver, parece que este hombre con mirada de halcón ha escarmentado. Por ejemplo, dejó de mover la cabeza como el bebé que no quiere lo que está viendo en la cuchara y hoy busca a los empresarios, acude a las universidades y, con la avidez del tenista que quiere mejorar su “score”, se abre espacio para todo tipo de entrevistas. Tampoco ya le escupe a la ley en la cara ni se encuentra obsesionado por la construcción de su idolatría. Ahora sí asiste al debate y ha invertido horas para organizar a la gente y defender las casillas. Dejó de creerse indestructible y ya no tiene más pasión por las encuestas.
Otras cosas, sin embargo, no han cambiado.
Andrés Manuel todavía dirige todo en su campaña con espíritu detallista. Aún se mantiene como ese hombre que entra a la vida de los otros como si lo hiciera por la puerta. Sigue hilando muchas palabras con poco aire y su voz continúa cargada de entusiasmo. Sus simpatizantes persisten en que él es el vínculo del pueblo y sus críticos no han dejado de tildarlo de sicópata. Permanece como esa figura llamativa, destacada y polémica. Todavía domina con pericia los escenarios y sigue sin aceptar escoltas del Estado Mayor Presidencial (quienes lo cuidan son jóvenes de pelo negro de punta que el afamado Nicolás Mollinedo ha traído desde Tabasco). Insiste en hablar de su musa política, Juárez. Lo cita y evoca continuamente, y no oculta su deseo de vivir en la justa medianía. Y, eso sí, todos siguen hablando de él sin necesidad de inserciones pagadas.
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1) Andrés Manuel deja Tepetitán, su pueblo, para estudiar la secundaria en Macuspana. Sus padres le han encontrado acomodo con los Hernández, una familia cristiana, temerosa de Dios. A los pocos días, Andrés Manuel conocerá al padre Carlos. Él será quien, durante un año, lo sumerja a una vida llena de oraciones. Se hará monaguillo.
2) Andrés Manuel da clases en el Instituto de Capacitación Política del PRI. A sus alumnos les habla de la honestidad, de la educación, pero sobre todo del amor al prójimo (al menos eso me cuenta por teléfono Esteban Garaiz, un viejo amigo de López Obrador que vive en Guadalajara).
3) Andrés Manuel es ya dirigente nacional del PRD y, en Texcoco, convoca a los alcaldes a una reunión el sábado 16 noviembre de 1996. Ahí les dirá que lleven una vida ejemplar y que los corruptos serán expulsados del partido. Pero la controversia se dará cuando les pida que, ahora que están en el poder, “no estrenen mujer, porque ese es el peor ejemplo para la integración familiar”.
4) Andrés Manuel llega a 2004 no sólo sorteando los videoescándalos. También evita hablar de una ley sobre el aborto y otra sobre las sociedades de convivencia. Se gana la amistad del cardenal Norberto Rivera.
5) Andrés Manuel parece entender que tener alma y no tenerla en paz es como no tenerla. Es 2007 y no quiere cargar resentimientos y malos karmas. Beatriz Gutiérrez, su esposa y quizá la única mujer que hoy estudia la maestría de Teología en la Universidad Pontificia de México, lo aconseja, lo orienta. Lo que Andrés Manuel ha aprendido empíricamente, Beatriz lo canaliza con la Biblia en la mano. Lo mismo hace el padre Beto, un sacerdote de Palenque que viene de la teología de la liberación. Andrés Manuel también se rozará con otros jesuitas y unos dominicos. Nace entonces la República del Amor. Sus críticos se mofan. Lo ven como una estrategia política para bajar los altos negativos. La historia dice que están equivocados.
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Pocos dirigentes han adoptado una actitud tan provocativa como Andrés Manuel. Sus votantes más fieles son los pobres, que representan el cuarenta y seis por ciento de los más de 112 millones de habitantes que tiene México. Su índice de popularidad es menor al que tenía hace seis años, pero todavía es impresionante. “Las encuestas comienza a serle favorables, pero hay que seguir trabajando”, me dice Higinio Martínez durante un efusivo mitin en Texcoco (él mismo dice que es el mejor en toda la historia del municipio), donde portadores de banderitas de Morena se han apelotonado a ambos lados de la calle para recibir al candidato del Movimiento Progresista.
Desde abajo del templete miro que Andrés Manuel tiene la agilidad de un deportista, aunque trae marcadas ya las bolsas faciales y la papada de un hombre que se hace viejo. Tiene 59 años y, a veces, parece un abuelo bondadoso. Sus simpatizantes lo fortalecen con porras y gritos espontáneos. Y él, con una destreza natural, abre la boca y todos callan con respeto. La corrupción ocupa un lugar destacado en la lista de acusaciones que lanza Andrés Manuel. La corrupción es la causante de la escasez crónica de todo: comida, medicina, empleo, educación, valores y esperanza. También ha empezado a hablar fuerte de Elba Esther Gordillo y dice que Gabriel Quadri es un mero trabajador de la maestra. “¿Y por qué no dijo eso en el debate?”, le preguntaré luego a Ricardo Monreal, el coordinador de la campaña de Andrés Manuel. “Porque era darle importancia a alguien que no la merece”.
Si los mítines fueran el mejor instrumento para medir quién será el próximo presidente, Andrés Manuel podría cruzarse de brazos. Pero eso, salvo con Fox, no ha sucedido en los últimos treinta años. Y Andrés Manuel lo sabe. No en balde dedica cuatro horas a dormir y veintiuna a levantar su popularidad. Ah, porque eso sí: de los cuatro candidatos presidenciales, sólo Andrés Manuel tiene una agenda exhausta. En esta campaña ha tenido hasta cuatro mítines al día. Hoy, 9 de mayo, empezó a las siete de la mañana con su conferencia, después fue al Centro Banamex para reunirse con unos inmobiliarios apáticos, luego se trasladó a Tulancingo y ha terminado en Texcoco.
En Tulancingo llegué a ver vidas que aun en condiciones adversas conservaban un sentido de la dignidad. Vi a un transexual, Diana Marroquín, quien exigía ser reconocida como la diputada del distrito IV (acusa fraude). Vi, también, a un Andrés Manuel gesticulador y muy efusivo, actitud que sintonizó bien en ese mitin, aunque a otros les resultó irritante. “Ese señor sólo quiere el poder”, me dijo cabreada una señora. “Yo no sé cómo esta gente le hace caso; yo seguiré votando por el PAN”. La señora se perdió entre la gente y yo supuse que, después de casi seis años, todavía no han podido reconciliarse vencedores y vencidos.
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Iztacalco, Distrito Federal. Andrés Manuel permanece de pie mientras aporrea en el aire para subrayar sus palabras. Agarrado de su pierna izquierda está Jesús Ernesto, su hijo de cuatro años a quien el propio Andrés Manuel le ha colgado el sobrenombre de Wech, que en lengua maya significa armadillo, por inquieto. Jesús Ernesto sonríe mucho, hace muecas conmovedoras y a veces le da por jalar del saco a su padre para que termine el discurso. El niño roba cámara. Su carisma ayuda, sin querer, a que su padre baje sus negativos.
Otro de sus hijos, José Ramón, también tiene personalidad. Se parece tanto a Andrés Manuel que la gente lo identifica de inmediato. Es bonachón y se deja querer. Suele twittear en todos los mítines y, además de ayudar en la logística, hace una ardua labor de convencimiento con la gente indecisa. Beatriz es otro personaje que suaviza la imagen rijosa que todavía unos tienen en la cabeza de Andrés Manuel. Llevan casados cuatro años. Ella es alta, llamativa, de pelo castaño claro hasta los hombros, y viene de una familia poblana muy conservadora. Cada vez que puede, le acomoda el pelo a su marido.
Esa es otra cosa en la que cambió Andrés Manuel: ha aflojado ese celo por mantener en segundo plano los detalles de su vida privada.
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Le pregunté a un lopezobradorista si todo va bien en la campaña. Yo esperaba que su respuesta fuera, como la pregunta, de lo más ordinaria. Pero creo que traía atorado cierto coraje que comenzó a hablar:
“Al interior sí, Andrés y Monreal se han entendido bien. El problema es afuera. Te cuento: para empezar, los Chuchos no están ayudando en nada. Han sido tantos los agravios entre ellos y Andrés que parece que no se olvidarán jamás. Si te fijas, en los mítines nunca viene un dirigente de Nueva Izquierda. Por fortuna las bases chuchistas, la gente de abajo, apoya a Andrés, así que después de todo no está tan mal. Sólo (Jesús) Zambrano se ha comportado a la altura. Otro problema es la división de las corrientes. En el Distrito Federal se nota más. Ahí, (René) Bejarano, Martí (Batres), (Armando) Quintero y los marcelistas están viendo más por sus candidaturas que por Andrés. Es tal su bronca que ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo para que sus candidatos tuvieran una propaganda común. Por eso Andrés ha insistido en que dejen de pelearse, que se necesita unidad. Es una lástima que les valga madre. Sólo Bejarano, ese mal necesario, ha comenzado a aplicarse. ¿Pero sabes qué es lo que más le ha decepcionado a Andrés? La indiferencia de Marcelo (Ebrard). Marcelo todavía está resentido porque creía que a él le tocaba ser candidato a la Presidencia. Eso lo ha orillado a decir que él no va a apoyar una candidatura que está debajo de las encuestas. En su lógica, cree que venir a apoyar a Andrés es inútil y sólo perderá su capital político. Con (Miguel Ángel) Mancera no tiene escozor, le ayuda en todo. Pero con Andrés, nada. Ahora que Andrés presentó su programa educativo, ¿le viste la cara a Marcelo? Estaba incómodo. Como que se quería ir. Hoy que ya vio que Andrés está repuntando, dice que se subirá a la campaña. Pinche PRD, por una vez en la vida debería unirse”.
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Obrador, como le gritan sus simpatizantes, menos sus enemigos que de manera mal intencionada le llaman Peje, ha ignorado toda la campaña a Josefina Vázquez Mota. Todas sus baterías están dirigidas a Enrique Peña Nieto. En el debate, la postura de Andrés Manuel y Josefina fue incomprensible para los suspicaces que nunca faltan y ha dado lugar a rumores de todas clases. Uno de ellos, el principal, dice que hubo un pacto para golpear al priista. “Eso es mentira”, me dice Monreal. “Cada uno llevó su estrategia”. Supongo que Monreal ha querido decirme que, igual que Josefina, Andrés Manuel busca polarizar la elección. Hasta la semana pasada parece que lo ha conseguido. Peña Nieto y sus aliados en la prensa le han dedicado más tiempo a las acusaciones que hizo Andrés Manuel sobre el dinero que pagó Peña Nieto a Televisa, que a la campaña de obras incumplidas que se propuso Josefina.
Leo al gran periodista Jon Lee Anderson:
“Un general es el que estudia el curso de una gran batalla, mueve tropas, planea estrategias, organiza escaramuzas y aplica la guerra sicológica para desmoralizar al adversario”.
Eso parece que está haciendo Andrés Manuel.
* Alejandro Almazán ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica. Es autor de La victoria que no fue; Gumaro de Dios, El Caníbal; Placa 36; Palestina, Historias que Dios no hubiera escrito y Entre perros. Próximamente publicará una novela basada en la vida de “El Chapo” Guzmán.
NOTA: Las crónicas presentadas en esta sección corresponden a la visión de los cronistas. Como toda crónica, constituyen una descripción periodística en la que tienen lugar apreciaciones personales.