El pasado martes 5 de junio, miles de jóvenes, estudiantes, adultos y niños coincidimos en la Plaza Central de León. Esperábamos emocionados al candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, a quien seguramente la inmensa mayoría de los ahí presentes queremos ver al finalizar el año en Los Pinos.
Muchos estábamos a la expectativa de que pasara por un camino que se encuentra desde una esquina de la Plaza hasta la otra en la que estaba montado el templete. Este camino se encontraba cercado por jóvenes de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), que minutos más tarde serían empujados, pellizcados e incluso mordidos por simpatizantes del aspirante perredista, que deseaban verlo de cerca y, en el mejor de los casos, saludarlo y, por qué no, hasta tomarse una fotografía con quien mantiene vivas las ilusiones de los ahí presentes.
Minutos más tarde, comenzó a sonar la canción oficial de MORENA y toda la gente de un segundo a otro giró sus cabezas al fondo de la Plaza, donde el candidato se preparaba para caminar entre la gente. El tabasqueño pasó cerca del grupo de personas que lo esperaba, saludaba, aceptaba tomarse fotos, recibía pequeños regalos y algo muy especial: se podía sentir en el ambiente el deseo de todos por un mejor país, un deseo materializado hoy en una persona, un nombre, un apellido.
Cuando el candidato subió al escenario, al verlo pasó por mi mente toda su historia, desde aquel jefe de gobierno del Distrito Federal a quien intentaron desaforar los diputados federales, el candidato que sufrió una “injusticia” seis años atrás y ahora, un posible presidente de México.
Conforme pasaban los minutos y Andrés Manuel planteaba su plan de gobierno, todas las miradas se concentraban en él; como si fuera una clase, todos los presentes seguíamos atentos lo que decía. Había gente que echaba porras y aplaudía, otros silenciosos ponían minuciosa atención a lo expresado por él. Nos sentimos especialmente interesados y emocionados cuando habló sobre los planes que tiene para Guanajuato, de construir una refinería y proteger el mercado del zapato leonés contra la introducción de productos chinos, por lo que el tabasqueño fue acogido con una ola de cálidos aplausos.
Al finalizar las palabras de Obrador, se entonó el himno nacional y finalmente surgió el ¡Viva México! En ese momento, muchos con la piel de gallina gritábamos a todo pulmón el famoso grito.
Finalmente, en medio de una maraña, Andrés Manuel dejó el centro de León, entre porras e inclusive lágrimas de gente deseándole suerte en estos últimos días de campaña. Pero sus palabras se quedaron en muchos de nosotros: las promesas de apoyo a jóvenes, adultos mayores y, en general, a los guanajuatenses de una forma tan clara como nadie más lo había hecho, estaban ahí, en la mesa, rondando en la cabeza de los miles de asistentes a los que nos convocó su presencia y su propuesta.
Probablemente es muy iluso pensar en que las cosas habrán de mejorar mucho, sin embargo, la mayoría dejamos la Plaza con la ilusión de un “podría ser”.
Alejandro Rivero E.
19 años
Estudiante de Derecho
Universidad Iberoamericana, León